Apurímac, 5 febrero 2026.- Durante la temporada de lluvias, especialmente entre los meses de enero y marzo, la región Apurímac y otras zonas andinas del país enfrentan un incremento significativo del riesgo de huaicos, deslizamientos y flujos de detritos.
Estos fenómenos forman parte de la dinámica natural del territorio y están directamente relacionados con factores climáticos, geológicos, geomorfológicos e hidrológicos. Si bien no pueden ser evitados por completo, sus efectos pueden ser mitigados mediante una adecuada planificación territorial, monitoreo y gestión preventiva.
Un peligro natural se convierte en desastre cuando afecta a personas, viviendas e infraestructura que se encuentran en zonas expuestas y en condiciones de vulnerabilidad. En sectores donde históricamente se han registrado eventos de gran magnitud, como Masopampa, Huatarcuya–Aymaraes y Sallar (Huancaray), existen factores condicionantes que favorecen la ocurrencia de movimientos en masa, principalmente las pendientes pronunciadas, las características geológicas, la configuración geomorfológica del terreno y la limitada cobertura vegetal.
Sobre estas condiciones preexistentes actúan los factores desencadenantes, especialmente las lluvias intensas o prolongadas, que provocan la saturación del suelo, el incremento de la presión de poros y la pérdida de resistencia del material, generando deslizamientos y flujos de detritos que posteriormente son canalizados por las quebradas y pueden afectar zonas pobladas, influyendo en algunos casos también como detonantes los sismos y las excavaciones mal ejecutadas.
Apurímac ha sido escenario de diversos eventos que evidencian esta problemática. En 2012, los flujos de detritos en la quebrada Sahuanay, en Tamburco–Abancay; en 2021, el deslizamiento en Sallar que destruyó más de 300 metros de la vía en Antabamba; y en 2025, el huaico en Huatarcuya–Chalhuanca que afectó viviendas y la carretera nacional PE-30A, constituyen claros ejemplos de la alta vulnerabilidad territorial frente a estos fenómenos.
Estos antecedentes resaltan la necesidad de respetar las dinámicas naturales de las quebradas, cauces y laderas, evitando su ocupación inadecuada. Asimismo, la experiencia nacional, como el terremoto de 1970 en Yungay y Huaraz, demuestra que los impactos de los fenómenos naturales se agravan en ausencia de una planificación urbana y rural basada en criterios técnicos de seguridad.
La reducción del riesgo es posible si se adoptan medidas responsables y sostenidas. Entre las acciones prioritarias se encuentran: evitar construir en quebradas o laderas inestables, mantener operativos los sistemas de drenaje pluvial y cauces, conservar la cobertura vegetal en laderas, informarse a través de los canales oficiales y participar activamente en simulacros y planes familiares de emergencia.
El mensaje en temporada de lluvias no debe ser de alarma, sino de prevención, conciencia y corresponsabilidad. Como población urbana y rural, debemos aprender de nuestras experiencias pasadas, fortalecer nuestra cultura de prevención y tomar decisiones informadas. La naturaleza no puede ser controlada, pero sí puede ser comprendida y gestionada para convivir con ella de manera segura, organizada y sostenible.
(Artículo escrito por MSc, Ing. Carlos Mendoza Contreras, ingeniero geólogo)