Apurímac, 9 enero 2026.- La tentación era evidente y la carne es débil. Venezuela contiene las mayores reservas de petróleo en todo el mundo, con cerca del 17% del suministro total, aunque gran parte del stock se encuentra sin explotar.
¿Cómo la vocación imperial podía resistirse a este llamado? El gobierno de Estados Unidos y las principales petroleras actuaron de manera coordinada y sin titubeos. Y el propio presidente Trump lo aceptó públicamente y sin rodeos: “invadimos Venezuela por el petróleo”.
La ambición de Estados Unidos sobre el petróleo venezolano tiene una muy larga historia, pero cobró una nueva dimensión ya bajo el actual gobierno republicano, como se pudo observar en la CERAWeek, una conferencia anual organizada por la consultora y calificadora de riesgo S&P Global para la revisión de asuntos energéticos y que reúne a los principales líderes mundiales de este sector, junto con funcionarios gubernamentales, analistas políticos y lobistas de todo tipo.
En su último encuentro, realizado en marzo del año pasado en Houston, Texas, la cumbre energética contó además con la intervención por video de la reciente Premio Nobel de la Paz María Corina Machado y del ex candidato presidencial opositor Edmundo González.
Según el plan de gobierno “Venezuela tierra de gracia”, redactado en inglés y con asesoría de expertos internacionales, ambos referentes del antichavismo presentaron su propuesta centrada en la privatización de la industria petrolera y gasífera y en la entrega de campos de petróleo a la operación privada mediante “incentivos fiscales”, y con los contratos bajo constante escrutinio por parte del Banco Mundial y del FMI como principales garantes de todo el proceso.
Para los asistentes a la cumbre, no hubo mayores dudas de que Machado y González estaban operando para ExxonMobil, la principal corporación petrolera de los Estados Unidos, que desde hace años se encuentra en una disputa abierta contra Chevron, la única compañía estadounidense a la que se le permitió la realización de trabajos de explotación en Venezuela, asociada a la empresa estatal PDVSA.
La propuesta de reestructuración presentada por los venezolanos implicaba, de hecho, un cambio en las reglas de juego de la extracción y comercialización que sólo podía beneficiar a ExxonMobil en detrimento de Chevron. ¿Habrá sido este desempeño como lobista subterránea lo que realmente generó desconfianza en Trump e invalidó a Machado para ocupar el Palacio de Miraflores?
Además, ambas multinacionales están en conflicto por el bloque petrolero Stabroek en Guyana, ubicado en la zona marítima del Esequibo, territorio en disputa con Venezuela. Por mediación internacional, ambas empresas han acordado trabajar juntas en una de las zonas petroleras más ricas del planeta, aunque más allá de esa cooperación puntual, subsisten las fuertes tensiones en torno a los próximos descubrimientos de yacimientos en la región. Más aún, frente a las inversiones que deberán realizarse para mejorar y ampliar la extracción del crudo ya en territorio venezolano.
La pregunta en este momento es quién se hará cargo de las multimillonarias inversiones para establecer la nueva infraestructura requerida para la explotación del subsuelo venezolano.
Frente a la historia centenaria y prácticamente ininterrumpida de Chevron en Venezuela, todo indica que el principal aportante será Exxon que así deberá pagar una suerte de “peaje” para regresar al país caribeño después de su salida en 2007, cuando desde el gobierno de Hugo Chávez se impuso una nueva regulación nacionalista sobre los recursos petroleros. Como diría el actual ocupante de la Casa Blanca, quid pro quod…
Más allá de los planes, los proyectos y las ilusiones, el cambio deseado por estas corporaciones en Venezuela no será inmediato: por el contrario, se prevé que tarden unos diez años hasta adecuar la infraestructura petrolera a los niveles deseados, aumentando el flujo hacia Estados Unidos, cerrando el estratégico oleoducto establecido con los años entre Caracas y Beijing y, de paso, hiriendo (¿de muerte?) a la OPEP, la que de ese modo, ya no podrá tener el control sobre el número diario de barriles comercializados y, menos aún, sobre el alza y la baja de su precio.
Según JPMorgan, con un papel cada vez más relevante en la economía latinoamericana (y, por supuesto, también en la Argentina), si se materializa la explotación directa de las petroleras estadounidenses, Venezuela podría pasar de los 800 mil barriles diarios actuales hasta los 1,3-1,4 millones de barriles en un par de años. En una década, los pronósticos son de cerca de 2,5 millones de barriles al día.
Frente a un escenario tan promisorio, se comprende la alegría desbordante de los inversionistas en los hidrocarburos venezolanos, que podrán negociar sin el control del Estado chavista y, a futuro, quizás también sin las regulaciones de organismos internacionales. La libertad en sentido pleno…
Exxon y Chevron no fueron las únicas corporaciones en celebrar el golpe contra Maduro. En Wall Street también subieron las acciones de otras dos petroleras estadounidenses, ConocoPhillips y Halliburton, mientras que otras empresas europeas, como son española Repsol, la francesa Maurel & Prom y la italiana Eni, también esperan adecuarse pronto al nuevo contexto en el Caribe.
Además de las petroleras, descorcharon botellas de champán los directivos de empresas auríferas como Gold Reserve, Seabridge y Newmont; dedicadas a la explotación de tierras raras, como MP Materials, USA Rare Earth y American Resources; y hasta pertenecientes a la poderosa industria de la defensa como Northrop Grumman y Lockheed Martin, principales proveedoras de los recursos armamentistas con los que Estados Unidos llevó adelante su ataque contra Venezuela.
Pero antes de recibir los beneficios por la explotación las riquezas del suelo, varias multinacionales aprovecharán el cambio ocurrido para asegurarse el cobro por lo que consideran como justas indemnizaciones por contratos no cumplidos, a los que se suman intereses cuyo crecimiento exponencial está vinculado con la hiperinflación sufrida por Venezuela en el pasado reciente.
Los primeros números son de aproximadamente 30 mil millones de dólares, aunque sin duda se trata de una base que podría crecer a medida que las empresas se vayan sumando a la fila. La que naturalmente se ha puesto a la cabeza del reclamo es ExxonMobil que ha solicitado un resarcimiento de 1600 millones de dólares.
También se han sumado las exigencias de ConocoPhillips y de Halliburton. Junto a las anteriores se han plegado multinacionales diversas como el gigante alimenticio Kellogg’s y la empresa de cemento y construcción Holcim Group.
Con una deuda externa de más de 150 mil millones de dólares y una economía colapsada, para Trump la única propuesta viable para Venezuela es un gran acuerdo que implique el canje de deuda por nuevas licencias.
El gobierno de Delcy Rodríguez (o quien esté al frente próximamente) podrá entregar nuevas concesiones en las zonas más ricas del país (bloques petroleros sin explotar, yacimientos de oro y de litio, depósitos de tierras raras, etc.) para cancelar así las viejas deudas.
Con todo, los cerca de 500 mil barriles de petróleo que importa China diariamente de Venezuela, a través de empresas públicas y privadas como China National Petroleum Corp., Sinopec Group y China Concord Resources Corp., podrían abrir un frente conflictivo con Estados Unidos, aunque es probable que Trump finalmente llegue a algún tipo de acuerdo con Xi Jinping que, además del crudo venezolano, y entre otros puntos, incluya concesiones, nuevos aranceles comerciales y nuevas regulaciones sobre tierras raras para productos tecnológicos de última generación.
Nada que no pueda resolverse mediante el diálogo y de manera civilizada. Aunque para países como Venezuela, y otros que se van sumando al listado de la Casa Blanca, en cambio, sólo parecen estar reservados los aprietes, las amenazas, los golpes y, finalmente, las incursiones bélicas.
Fuente: Página12