Apurímac, 12 junio 2026.- Un equipo de científicos ha confirmado que El Niño tiene ya un 82% de probabilidad de emerger entre mayo y julio de 2026 y un 96% de mantenerse durante el invierno de 2026-27, un escenario que ha encendido las alarmas climáticas en todo el planeta.
La Administración Nacional Oceánica y Atmosférica de Estados Unidos (NOAA) mantiene activa una alerta oficial ante la posibilidad de que se forme un episodio especialmente intenso, capaz de alterar el clima global durante meses.
Lo inquietante no es solo su llegada, sino su posible magnitud. Algunos modelos climáticos ya apuntan a un evento comparable a los grandes “super El Niño” de 1982, 1997 o 2015, fenómenos que estuvieron ligados a olas de calor extremas, incendios masivos, colapso de ecosistemas marinos y temporadas históricas de ciclones tropicales. La atmósfera parece estar preparándose para una reorganización planetaria silenciosa, pero potencialmente devastadora.
Y aunque los científicos insisten en que aún existe incertidumbre (especialmente por la llamada “barrera de predictibilidad de primavera”) los datos oceánicos actuales muestran una acumulación de calor inusualmente rápida bajo el Pacífico ecuatorial. Eso es precisamente lo que preocupa.
El océano Pacífico ya muestra señales inquietantes: así nace un “super El Niño”
El Niño no es una tormenta ni un huracán, sino una alteración gigantesca del sistema climático terrestre. Todo comienza en el Pacífico tropical, donde normalmente los vientos empujan las aguas cálidas hacia Indonesia y Australia. Pero cuando esos vientos se debilitan, el calor acumulado se desplaza hacia América, calentando enormes áreas del océano y transformando la circulación atmosférica global.
Los satélites y las boyas oceánicas de la NOAA ya están detectando ese proceso. Según el último informe oficial del Climate Prediction Center, las temperaturas submarinas cálidas se están expandiendo rápidamente bajo la superficie del Pacífico, alimentando el desarrollo del fenómeno.
Pero hay un detalle que desconcierta a los expertos: la velocidad con la que está creciendo el calor oceánico recuerda a algunos de los eventos más extremos jamás registrados. Algunos modelos europeos incluso sugieren anomalías superiores a los 3 ºC en ciertas regiones del Pacífico central.
Cuando esas anomalías superan los 2 ºC, muchos meteorólogos utilizan un término no oficial pero inquietante: “super El Niño”. Y aunque científicamente no sea una categoría formal, históricamente ha coincidido con algunos de los mayores desastres climáticos modernos.
El episodio de 2015-2016, por ejemplo, estuvo relacionado con una temporada récord de huracanes en el Pacífico, sequías severas en Etiopía, escasez de agua en Puerto Rico y una subida global de temperaturas que convirtió aquel periodo en el más cálido jamás registrado hasta entonces.
Las consecuencias de un El Niño fuerte se sienten prácticamente en todo el mundo. No afecta igual a todos los países, pero casi ninguna región escapa a sus efectos indirectos.
En el Pacífico oriental suelen aumentar los ciclones tropicales. De hecho, durante el último “super El Niño”, se produjo un fenómeno histórico: tres huracanes de categoría 4 activos al mismo tiempo en el Pacífico central y oriental. Mientras tanto, en el Atlántico, la cizalladura del viento tiende a romper muchas tormentas antes de que se intensifiquen.
El problema más grave podría llegar por tierra firme. Australia, Indonesia y amplias regiones del sur de África suelen sufrir sequías severas y temporadas de incendios más agresivas durante estos episodios. Ya este abril, Nueva Gales del Sur, en Australia, registró uno de los meses más secos de su historia reciente.
Y el calor adicional acumulado en el océano termina trasladándose a la atmósfera. Cada gran episodio de El Niño ha empujado temporalmente la temperatura global hacia nuevos récords, algo especialmente delicado en un planeta que ya atraviesa un calentamiento acelerado por las emisiones humanas. Los científicos creen que 2027 podría convertirse incluso en el año más cálido jamás medido si este fenómeno alcanza intensidad extrema.
Pero las alteraciones no terminan ahí. El Niño también puede modificar las lluvias monzónicas, afectar cosechas, disparar el precio de alimentos y alterar ecosistemas marinos completos. En las islas Galápagos, por ejemplo, las poblaciones de pingüinos se desplomaron tras los fuertes eventos de los años 80 y 90 debido a la reducción de nutrientes y peces provocada por el calentamiento oceánico.
Pese al tono alarmante de muchos pronósticos, los expertos subrayan algo fundamental: nunca antes la humanidad había vigilado El Niño con tanta precisión.
Hoy existen más de 70 boyas oceánicas distribuidas por el Pacífico tropical, además de satélites, sensores submarinos y modelos climáticos capaces de detectar anomalías meses antes de que sus efectos golpeen a escala global. Esa capacidad de anticipación puede marcar la diferencia.
Emily Becker, investigadora de la Universidad de Miami y miembro del equipo de predicción ENSO de la NOAA, resume así la paradoja del fenómeno: cuanto más fuerte es El Niño, más visibles pueden volverse sus patrones climáticos. Y eso permite prepararse mejor.
Sin embargo, los científicos también piden prudencia. La primavera es una época especialmente complicada para realizar predicciones oceánicas fiables, y algunos modelos tienden a exagerar el calentamiento futuro del Pacífico. Aun así, el consenso internacional es claro: la probabilidad de que el planeta entre en una nueva fase cálida asociada a El Niño es ya extraordinariamente alta.
La gran incógnita es cuánto calor adicional será capaz de liberar el océano. Porque bajo la aparente calma azul del Pacífico tropical podría estar gestándose uno de los mayores motores climáticos del planeta. Un mecanismo antiguo, inmenso y cíclico que, cada ciertos años, recuerda hasta qué punto la Tierra sigue teniendo la última palabra.
Fuente: National Geographic